lunes, 23 de abril de 2012

Barrio Álvarez Condarco: Un lugar donde los sueños se encienden con el trabajo comunitario


Por la avenida Alem al 2600, en la zona Sur de San Miguel de Tucumán, hay un estrecho pasaje de tierra y sin nombre que, a simple vista, suele pasar desapercibido. En ese lugar, durante el año 2001, cuando la pobreza y el desempleo reinaban, un fuego de esperanzas se encendió. A su lado, Paulo Robles iba creciendo y viendo cómo, con pequeños actos y proyectando un futuro, esa llama lograría mantenerse viva durante años.
El nuevo profe. En 2012, Paulo tomó las riendas del taller de video que se dicta en el Centro Comunitario, donde pasó parte de su infancia, y adolescencia, entre juegos y proyectos.
Fotos: Dany Vieyra

Los niños son mayoría. Siempre están jugando en la vereda o en la calle de tierra. Descalzos, con ojotas o zapatillas, y con pelota de por medio, la “picadita” improvisada está presente. La música a todo volumen, que escuchan algunos vecinos, se siente desde lejos: cumbia y cuarteto son los ritmos preferidos. A mitad de cuadra un portón grande y pintado de colores llama la atención. Allí se encuentran las instalaciones del Centro Comunitario y Cultural Álvarez Condarco, que lleva el mismo nombre del barrio. Al final del pasaje están las vías del tren, junto a la acera Este del canal Sur, por la calle Bernabé Aráoz, donde cientos de familias viven precariamente en un asentamiento. 

En 2001, cuando tenía 9 años,comenzó a asistir al Centro Comunitariodel Barrio Álvarez Condarco, donde comía los fines de semana y tambiénjugaba en los talleres.

Paulo Robles tiene 20 años, nació el 18 de enero de 1992, y vive a veinte metros del Centro Comunitario, junto a sus padres y hermanos. Pasó parte de su infancia y toda su adolescencia participando en los talleres que allí se dictaban. Vio cómo nació y cómo continúa creciendo ese sueño que comenzó once años atrás.
Es alto, mide más de 1,80 mts, y su apariencia robusta es suavizada por la sonrisa amable que tiene. Acaba de llegar de la peluquería y se sacude la remera para salir bien en la primera foto. Por momentos se sonroja, deja de hablar y algo de timidez denota en su mirada.

“Me acuerdo que, en el 2001 yo tenía nueve años y, sin que mi mamá sepa me fui con un grupo de chicos más grandes y con el padre de un amigo, a uno de los saqueos en el Disco de la Av. Roca (actual Súper Vea). A esa edad no entendía nada, y pensaba en la manera de buscar una solución a los problemas que teníamos”, cuenta, mientras me invita a pasar a su casa para sentarnos en una galería.

Durante la crisis política, económica y social que golpeó a nuestro país en ese período, Paulo recuerda que sus vecinos comenzaron a reunirse en un terreno descampado, ubicado  al frente de su casa, en el intento por generar alguna fuente de trabajo que los ayudara a vivir. Hacia el fondo cultivaban en una huerta comunitaria y, al mismo tiempo, comenzó a funcionar un comedor comunitario, donde jóvenes estudiantes universitarios y profesionales, comenzaron a colaborar en el barrio.

“Era una época en la que no había plata para nada, por eso los fines de semana íbamos todos a buscar algo para comer al mediodía. Cuando los voluntarios llegaban, yo siempre los acompañaba a recorrer el barrio, iba a todos los talleres que se dictaban: de plástica, de apoyo escolar y de fútbol. Siempre estaba metido ahí. Ellos nos daban ánimos; en las casas había muchos problemas y no nos prestaban atención, lo importante era cómo conseguir plata para comer. Por eso, nosotros esperábamos que llegara el sábado para verlos y, después, no queríamos que se fueran”, recuerda Paulo.
 
Su piedrita en los cimientos
Es sábado y la tarde comienza a despedirse de nosotros. Caminamos apenas unos metros para llegar a las instalaciones del Centro Comunitario, mientras Paulo me cuenta un poco más de la historia del lugar.

En 2004, representantes de la Fundación ESCODE, de España, firmaron un convenio con los vecinos del barrio, a través del cual se consiguieron los materiales para la construcción de un salón de usos múltiples y baños. Hombres y mujeres pusieron manos a la obra y, ladrillo a ladrillo, dos años más tarde, concluyeron con el proyecto. Las paredes quedaron sin revoque, y algunas aberturas sin ventanas o puertas, pero de a poco, ese lugar continuaría creciendo.

“Yo puse piedritas en los cimientos, cuando estaban construyendo”, dice orgulloso. “Los chicos ayudamos mucho en esa etapa. Algunos cargaban las carretillas y las llevaban; otros movían la mezcla para levantar las paredes o mojaban los ladrillos. Estaba contento, porque veía cómo todo iba mejorando y avanzando, gracias al trabajo en equipo”, recuerda Paulo, mientras  abre el portón multicolor del Centro y, de a poco, los niños se van acercando. ¿Vamos a dibujar ahora?, preguntan curiosos y se sientan al lado nuestro jugando con las hojas en blanco.
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Durante la charla que compartimos, hubo un nombre que él pronunció varias veces. “Espero que no se enoje si se entera”, dice entre risas, refiriéndose a Andrés Garmendia, un abogado  que comenzó yendo a los talleres, y que años más tarde, por el vínculo que construyeron entre ambos, terminó convirtiéndose en su padrino de Confirmación.

Fue gracias a él que Paulo, cuando estaba cursando séptimo grado, se enteró de que existía una escuela de artes de la UNT,  a la que podría acceder con la condición de repetir un curso. Decidió afrontar el desafío, y logró cumplirlo ya que dibujar era, y continúa siendo, una de sus pasiones.
“Fue complicado, porque algunos vecinos me criticaban; a veces escuchaba que decían “éste se hace el de estudiar ahora”, u otras cosas; pero a pesar de todo continué haciendo lo que me gustaba, con mucho esfuerzo y con todos los problemas que en mi casa había. Cuando terminé el secundario ingresé a la facultad de Artes. Fue por esa experiencia que ahora nos encargamos, todos los años, de contarles a los chicos del barrio de las posibilidades que tienen también de estudiar en escuelas que no sean solamente las que están cerca del barrio. Todo valió la pena”, reflexiona. 

En un minuto
Cuando cumplió 15 años, Paulo comenzó a asistir al nuevo taller de video que Clemencia Bulacio, una licencia en artes, puso en marcha en el Centro. Había conseguido que les donaran una filmadora y eran apenas cuatro adolescentes los que participaban. Entre ellos se turnaban por semana, y filmaban lo que más les gustaba del barrio y de sus vidas cotidianas. Con el lenguaje audiovisual habían descubierto una nueva manera de expresarse, y eso les apasionaba.
“En el 2009, eran 25 chicos los que se habían sumado al taller y continuaban filmando. Ahí fue cuando surgió la propuesta de poder participar en el proyecto Un Minuto por mis derechos, de UNICEF, donde teníamos que elegir temas  de los cuales  quisiéramos hablar para contarlos en un minuto”, recuerda Paulo. Afirma también que esa fue una experiencia que los cargó de pilas porque les brindó la posibilidad de viajar a Buenos Aires, donde presentaron sus trabajos y conocieron las historias de otros grupos de adolescentes de la Argentina.


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Un año más tarde, surgió otra iniciativa que vino acompañada con un cambio de rol dentro del Centro, ya que Paulo se convirtió en el asistente del profesor Pablo Schembri. “Hicimos un corto sobre el barrio; hablamos sobre la drogadicción, porque nos tocaba de cerca. Se veía mucha droga en estos lugares. Nosotros queríamos dar un mensaje, porque pensamos que pidiendo ayuda se puede salir de todo, incluso recuperarse de las adicciones”. Luego, gracias a la ayuda del CAPS Corazón de María, pudieron presentar el video en la Carpa Cultural Tucumán 2010, donde ganaron un premio en efectivo que fue destinado, por decisión de todos, a la compra de una filmadora.

Tiempo de cambios
Hay muchos proyectos en camino. De a poco, la Biblioteca Popular va creciendo en el barrio Álvarez Condarco. Algunas obras se están realizando con los fondos recaudados en rifas, ferias americanas y con el dinero del concierto a beneficio que, en agosto del año pasado, tuvo lugar en el Teatro Alberdi. Hay voluntarios nuevos que se sumaron al grupo de los talleres de teatro, plástica, fútbol, apoyo escolar y video. A su vez, los vecinos se reúnen en Asamblea todos miércoles de cada semana, para discutir las problemáticas e intercambiar las ideas y propuestas que surgen en torno a ese lugar de trabajo comunitario.

Paulo arrancó el año de talleres 2012, con 20 años cumplidos, convirtiéndose en el nuevo “profe” del grupo de video. Ahora es la persona que se encarga de coordinar ese espacio, junto a Elena Beltrán (30), que es vecina del Centro y asidua participante de todas las actividades. Juntos comenzaron a trabajar con la idea de hacer un documental social, animarse un poquito más, y contar la historia que en éstas hojas quedará escrita.
Él no se cansa de remarcar el esfuerzo que hay detrás de cada partecita de su Centro, que se convirtió en su lugar. “Todo lo hicimos a pulmón, sin la ayuda de ningún político, con nuestra propia autogestión; y todavía nos quedan muchas cosas por realizar”, dice con argullo.

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Mientras apagamos las luces del Centro Comunitario, algunos niños protestan, pero se hizo de noche y hay que cerrar. Afuera, la música de los vecinos sigue sonando a todo volumen. Caminando hacia la salida, Paulo me cuenta que durante la semana planean pintar un mural con los chicos y chicas del barrio, para que el frente quede más lindo aún. “Los niños ahora son tan cariñosos como éramos nosotros, porque acá encuentran un lugar de contención. Vienen para jugar, aprender y, también, para recibir cariño”, concluye. 

 
Luego de conocer esa historia, de regreso a casa, me doy cuenta que  Paulo, junto a la gente del lugar, son como los pequeños fueguitos de los que Galeano hablaba en uno de sus cuentos, cuando metafóricamente decía: hay personas que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Y en el barrio Álvarez Condarco ese mar de sueños se mantiene vivo e iluminando desde hace más de una década.
Recreación. Niños y adolescentes concurren semanalmente a los talleres de pástica, video, apoyo escolar, fútbol y teatro. Allí aprenden y encuentran contención.
Bienvenidos. El portón del Centro Comunitario quedó impregnado de colores y, durante esta semana, los adolescentes planean pintar un mural.
Las instalaciones. La Fundación ESCODE, de España, donó los fondos para que los vecinos pudieran construir un salón de usos múltiples y baños. Todos allí pusieron su piedrita en los cimientos para poder concretar el proyecto.


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