Por la avenida Alem al 2600, en la zona Sur de San
Miguel de Tucumán, hay un estrecho pasaje de tierra y sin nombre que, a simple
vista, suele pasar desapercibido. En ese lugar, durante el año 2001, cuando la
pobreza y el desempleo reinaban, un fuego de esperanzas se encendió. A su lado,
Paulo Robles iba creciendo y viendo cómo, con pequeños actos y proyectando un
futuro, esa llama lograría mantenerse viva durante años.
El nuevo profe. En 2012, Paulo tomó las riendas del taller de video que se dicta en el Centro Comunitario, donde pasó parte de su infancia, y adolescencia, entre juegos y proyectos.
Fotos: Dany Vieyra |
Los niños son mayoría. Siempre están jugando en la
vereda o en la calle de tierra. Descalzos, con ojotas o zapatillas, y con
pelota de por medio, la “picadita” improvisada está presente. La música a todo
volumen, que escuchan algunos vecinos, se siente desde lejos: cumbia y cuarteto
son los ritmos preferidos. A mitad de cuadra un portón grande y pintado de colores
llama la atención. Allí se encuentran las instalaciones del Centro
Comunitario y Cultural Álvarez Condarco, que lleva el mismo nombre del
barrio. Al final del pasaje están las vías del tren, junto a la acera Este del
canal Sur, por la calle Bernabé Aráoz, donde cientos de familias viven
precariamente en un asentamiento.
| En 2001, cuando tenía 9 años,comenzó a asistir al Centro Comunitariodel Barrio Álvarez Condarco, donde comía los fines de semana y tambiénjugaba en los talleres. |
Paulo Robles tiene 20 años, nació el 18 de enero de
1992, y vive a veinte metros del Centro Comunitario, junto a sus padres y
hermanos. Pasó parte de su infancia y toda su adolescencia participando en los
talleres que allí se dictaban. Vio cómo nació y cómo continúa creciendo ese
sueño que comenzó once años atrás.
Es alto, mide más de 1,80 mts, y su apariencia robusta
es suavizada por la sonrisa amable que tiene. Acaba de llegar de la peluquería
y se sacude la remera para salir bien en la primera foto. Por momentos se
sonroja, deja de hablar y algo de timidez denota en su mirada.
“Me acuerdo que, en el 2001 yo tenía nueve años y, sin
que mi mamá sepa me fui con un grupo de chicos más grandes y con el padre de un
amigo, a uno de los saqueos en el Disco de la Av. Roca (actual Súper Vea). A
esa edad no entendía nada, y pensaba en la manera de buscar una solución a los problemas
que teníamos”, cuenta, mientras me invita a pasar a su casa para sentarnos en
una galería.
Durante la crisis política, económica y social que
golpeó a nuestro país en ese período, Paulo recuerda que sus vecinos comenzaron
a reunirse en un terreno descampado, ubicado al frente de su casa, en el
intento por generar alguna fuente de trabajo que los ayudara a vivir. Hacia el
fondo cultivaban en una huerta comunitaria y, al mismo tiempo, comenzó a
funcionar un comedor comunitario, donde jóvenes estudiantes universitarios y
profesionales, comenzaron a colaborar en el barrio.
“Era una época en la que no había plata para nada, por
eso los fines de semana íbamos todos a buscar algo para comer al mediodía.
Cuando los voluntarios llegaban, yo siempre los acompañaba a recorrer el
barrio, iba a todos los talleres que se dictaban: de plástica, de apoyo escolar
y de fútbol. Siempre estaba metido ahí. Ellos nos daban ánimos; en las
casas había muchos problemas y no nos prestaban atención, lo importante era
cómo conseguir plata para comer. Por eso, nosotros esperábamos que llegara el
sábado para verlos y, después, no queríamos que se fueran”, recuerda Paulo.
Su piedrita en los cimientos
Es sábado y la tarde comienza a despedirse de
nosotros. Caminamos apenas unos metros para llegar a las instalaciones del
Centro Comunitario, mientras Paulo me cuenta un poco más de la historia del
lugar.
En 2004, representantes de la Fundación ESCODE, de
España, firmaron un convenio con los vecinos del barrio, a través del cual se
consiguieron los materiales para la construcción de un salón de usos múltiples
y baños. Hombres y mujeres pusieron manos a la obra y, ladrillo a ladrillo, dos
años más tarde, concluyeron con el proyecto. Las paredes quedaron sin revoque,
y algunas aberturas sin ventanas o puertas, pero de a poco, ese lugar
continuaría creciendo.
“Yo puse piedritas en los cimientos, cuando estaban
construyendo”, dice orgulloso. “Los chicos ayudamos mucho en esa etapa. Algunos
cargaban las carretillas y las llevaban; otros movían la mezcla para levantar
las paredes o mojaban los ladrillos. Estaba contento, porque veía cómo todo iba
mejorando y avanzando, gracias al trabajo en equipo”, recuerda Paulo,
mientras abre el portón multicolor del Centro y, de a poco, los niños se
van acercando. ¿Vamos a dibujar ahora?, preguntan curiosos y se sientan al lado
nuestro jugando con las hojas en blanco.
*
Durante la charla que compartimos, hubo un nombre que
él pronunció varias veces. “Espero que no se enoje si se entera”, dice entre
risas, refiriéndose a Andrés Garmendia, un abogado que comenzó yendo a
los talleres, y que años más tarde, por el vínculo que construyeron entre
ambos, terminó convirtiéndose en su padrino de Confirmación.
Fue gracias a él que Paulo, cuando estaba cursando
séptimo grado, se enteró de que existía una escuela de artes de la UNT, a
la que podría acceder con la condición de repetir un curso. Decidió afrontar el
desafío, y logró cumplirlo ya que dibujar era, y continúa siendo, una de sus
pasiones.
“Fue complicado, porque algunos vecinos me criticaban;
a veces escuchaba que decían “éste se hace el de estudiar ahora”, u otras
cosas; pero a pesar de todo continué haciendo lo que me gustaba, con mucho
esfuerzo y con todos los problemas que en mi casa había. Cuando terminé el
secundario ingresé a la facultad de Artes. Fue por esa experiencia que ahora
nos encargamos, todos los años, de contarles a los chicos del barrio de las
posibilidades que tienen también de estudiar en escuelas que no sean solamente
las que están cerca del barrio. Todo valió la pena”, reflexiona.
En un minuto
Cuando cumplió 15 años, Paulo comenzó a asistir al
nuevo taller de video que Clemencia Bulacio, una licencia en artes, puso en
marcha en el Centro. Había conseguido que les donaran una filmadora y eran
apenas cuatro adolescentes los que participaban. Entre ellos se turnaban por
semana, y filmaban lo que más les gustaba del barrio y de sus vidas cotidianas.
Con el lenguaje audiovisual habían descubierto una nueva manera de expresarse,
y eso les apasionaba.
“En el 2009, eran 25 chicos los que se habían sumado
al taller y continuaban filmando. Ahí fue cuando surgió la propuesta de poder
participar en el proyecto Un Minuto por mis derechos, de UNICEF, donde
teníamos que elegir temas de los cuales quisiéramos hablar para
contarlos en un minuto”, recuerda Paulo. Afirma también que esa fue una
experiencia que los cargó de pilas porque les brindó la posibilidad de viajar a
Buenos Aires, donde presentaron sus trabajos y conocieron las historias de
otros grupos de adolescentes de la Argentina.
La casa significa para algunos, más que la suma de los ladrillos
Una niña en busca de repuestas sobre la sexualidad
Un profesor imagina qué haría, hoy en día, un maestro como Sarmiento, con chicos que tienen poco apego al estudio
Un año más tarde, surgió otra iniciativa que vino
acompañada con un cambio de rol dentro del Centro, ya que Paulo se convirtió en
el asistente del profesor Pablo Schembri. “Hicimos un corto sobre el barrio;
hablamos sobre la drogadicción, porque nos tocaba de cerca. Se veía mucha droga
en estos lugares. Nosotros queríamos dar un mensaje, porque pensamos que
pidiendo ayuda se puede salir de todo, incluso recuperarse de las adicciones”.
Luego, gracias a la ayuda del CAPS Corazón de María, pudieron presentar el
video en la Carpa Cultural Tucumán 2010, donde ganaron un premio en efectivo
que fue destinado, por decisión de todos, a la compra de una filmadora.
Tiempo de cambios
Hay muchos proyectos en camino. De a poco, la
Biblioteca Popular va creciendo en el barrio Álvarez Condarco. Algunas obras se
están realizando con los fondos recaudados en rifas, ferias americanas y con el
dinero del concierto a beneficio que, en agosto del año pasado, tuvo lugar en
el Teatro Alberdi. Hay voluntarios nuevos que se sumaron al grupo de los talleres
de teatro, plástica, fútbol, apoyo escolar y video. A su vez, los vecinos se
reúnen en Asamblea todos miércoles de cada semana, para discutir las
problemáticas e intercambiar las ideas y propuestas que surgen en torno a ese
lugar de trabajo comunitario.
Paulo arrancó el año de talleres 2012, con 20 años
cumplidos, convirtiéndose en el nuevo “profe” del grupo de video. Ahora es la
persona que se encarga de coordinar ese espacio, junto a Elena Beltrán (30),
que es vecina del Centro y asidua participante de todas las actividades. Juntos
comenzaron a trabajar con la idea de hacer un documental social, animarse un poquito más, y contar la
historia que en éstas hojas quedará escrita.
Él no se cansa de remarcar el esfuerzo que hay detrás
de cada partecita de su Centro,
que se convirtió en su lugar. “Todo lo hicimos a pulmón, sin la ayuda de
ningún político, con nuestra propia autogestión; y todavía nos quedan muchas
cosas por realizar”, dice con argullo.
*
Mientras apagamos las luces del Centro Comunitario,
algunos niños protestan, pero se hizo de noche y hay que cerrar. Afuera, la música
de los vecinos sigue sonando a todo volumen. Caminando hacia la salida, Paulo
me cuenta que durante la semana planean pintar un mural con los chicos y chicas
del barrio, para que el frente quede más lindo aún. “Los niños ahora son
tan cariñosos como éramos nosotros, porque acá encuentran un lugar de
contención. Vienen para jugar, aprender y, también, para recibir cariño”,
concluye.
Luego de conocer esa historia, de regreso a casa, me
doy cuenta que Paulo, junto a la gente del lugar, son como los pequeños
fueguitos de los que Galeano hablaba en uno de sus cuentos, cuando
metafóricamente decía: hay personas que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos
sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Y en el barrio Álvarez Condarco ese mar de sueños se
mantiene vivo e iluminando desde hace más de una década.
| Recreación. Niños y adolescentes concurren semanalmente a los talleres de pástica, video, apoyo escolar, fútbol y teatro. Allí aprenden y encuentran contención. |
| Bienvenidos. El portón del Centro Comunitario quedó impregnado de colores y, durante esta semana, los adolescentes planean pintar un mural. |
| Las instalaciones. La Fundación ESCODE, de España, donó los fondos para que los vecinos pudieran construir un salón de usos múltiples y baños. Todos allí pusieron su piedrita en los cimientos para poder concretar el proyecto. |
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